“Un cielo tan turbio”: Viaje al corazón de las mafias del petróleo en Venezuela

Un documental de Álvaro F. Pulpeiro, seleccionado en el prestigioso festival CPH:DOX, se sirve del “Nostromo” de Joseph Conrad para narrar las historias de la fronteras con Colombia y Brasil.
Más allá del Atlántico, justo al atravesar las fosas mas profundas del Caribe y a los pies del Golfo de Venezuela, hay una especie de «tierra de nadie» que se resiste a encajar en cualquier relato hegemónico, como si las mentiras y la represión de la Administración de Maduro o los esfuerzos meramente publicitarios de Washington no fueran con ella y sus venas abiertas, las de toda Latinoamérica en realidad, se escaparan de lo político y entraran en el campo de lo onírico. Esa es, al menos, la verdad que se respira en «Un cielo tan turbio» («So Foul a Sky»), el documental de Álvaro F. Pulpeiro que ha debutado con éxito crítico e internacional en el festival más importante del mundo en su campo, el CPH:DOX de Copenhague (Dinamarca).

Entre Venezuela y Colombia, son muchas las familias que viven del petróleo «veneca», como se conoce al oro líquido de contrabando SURIA.
Gotas de plata
Por supuesto, esa «tierra de nadie» está custodiada por los acorazados más imponentes de la armada bolivariana y es seguida de cerca por los buques estadounidenses pero, como si se tratara de una vasija rebosante de petróleo a punto de rebasar, pequeñas gotas en forma de “mafias” petroleras se las arreglan para hacer de ello su vida, como si de piratas de oro negro se tratara en plena era de la información.,

Estructurado gracias a su «obsesión» con el «Nostromo» de Joseph Conrad —como el mismo realizador confiesa en entrevista telemática con LA RAZÓN desde Colombia—, esa novela que habla de un país roto por el descubrimiento de varios yacimientos de plata y que hace gala de una fina construcción argumental para hablar de cómo el intervencionismo «yankee» hizo más daño del que reparó, el documental está lleno de imágenes difíciles de sacar de la memoria sobre ese Estado fallido que está en boca de todo el mundo y le importa a más bien pocos.

«Quería que la película abordase temas como el de la identidad nacional, claro, pero sin los típicos tópicos que se usan normalmente; también el del colapso simbólico y físico de un Estado naciónamericano donde realmente, al no existir un gobierno claro o un porvenir claro se crean zonas de excepción en los límites geográficos, donde las personas habitan más allá del himno y la bandera. Todos ellos viviendo sin esa ideología explícita de bandos y sin esa conciencia militante de estar revolucionando algo, existiendo en el vacío entre ambos mundos», explica el director antes de continuar sobre el génesis del filme: «Me fui a la frontera entre Colombia y Venezuela en 2015, y allí encontré una serie de identidades e idiosincrasias que se comenzaban a generar recién en ese momento, sobre todo por la inmigración venezolana que venía por la costa, a partir de 2016, y por la realidad de Venezuela, que siempre tuve presente por parte de mi familia. Desde los sesenta, como gallego, he visto la inmigración de primera mano. La realidad venezolana clásica, antes del ’’chavismo’’, me era muy cercana. La moderna es diferente. Vi los primeros hilos de la inmigración masiva que había muchísimos antes de la pandemia. Entonces empecé a investigar, haciendo viajes más cerca de la frontera y el primer punto de contacto que encontré fue el contrabando de gasolina», añade.

Tal y como en la novela de Conrad, cuenta Pulpeiro, hay quien se las ingenia para que la desafección de los ignavos se convierta en modelo de negocio: «Desde que plantamos la cámara empezamos a ver cómo funcionaba el contrabando de gasolina y cómo estas personas se iban convirtiendo en piratas, como en mercenarios casi. Ahí es donde esa acción se vuelve interesante para mí, porque no obedece a una espectacularidad de cliché, sino que hay también un significado detrás de ello. Es político, sí, pero también con una economía muy interesante: están sacando del país, conscientemente, las últimas gotas de plata», explica el director haciendo un juego de palabras entre el metal y la palabra para referirse al dinero. En esa pelea económica casi de otro tiempo, juega un papel importante lo geoestratégico, ya que pese a tener ingentes cantidades de crudo Venezuela no dispone de disolvente y los químicos necesarios para hacerlo petróleo, algo que entre las sanciones económicas de EE.UU. y sus propias decisiones políticas, «obliga» al país a alinearse con Rusia o Irán en busca de las materias primas.

Lo lírico y lo político
«Cuando llegas allí, te esperas algo parecido a Cúcuta, una frontera transitada y radical, como para sacar fotos periodísticas y ser portada de “The New York Times”, pero nada que ver. La vida de la frontera entre Brasil y Colombia pasa por un par de carpas de la ONU en las que no se hace nada. En los meses de rodaje, entre noviembre de 2018 y febrero de 2020, eso sí, vimos como esa calma se iba transformando en una tensión soslayada, con todos los eventos políticos que iban ocurriendo y la devaluación brutal de la moneda», añade vehemente el director sobre otra de esas extrañas familias con las que da su extraordinaria película, la de las «casas de cambio» humanas que amontonan bolívares a cambio de unos cuantos reales o pesos colombianos.

Consciente de la dimensión coyuntural de su documental, y de la rápida apropiación por parte de este o aquel bando de las narrativas que cuentan «lo que interese o no interese contar», explica, Pulpeiro ha querido trascender primero la dimensión poética de su película, que está llena de imágenes espectaculares y casi irreales de esas catedrales modernas en las que se han acabado convirtiendo las faraónicas refinerías venezolanas; pero también ha querido ir más allá de su dimensión más realista, más política, articulando su relato gracias a la narración de pasajes que se intercalan con las historias silentes del filme y que, de manera voluntaria o no, hablan el lenguaje de los abandonados a su suerte y a la piratería.

Para hacer verbo esa pulsión, Pulpeiro sube la cámara a un coche destartalado que recorre el país y deja que sean las frecuencias de la radio las que hablen por sus personajes, con fervientes y ridículos discursos de Maduro o la charlatanería propia de Trump y sus amenazas haciendo el resto: «A mí lo que me interesa es la persona que habita en ese ruido, en ese límite, margen y periferia entre dos discursos que lo alienan. La realidad es que luego la prensa cubre de Venezuela hacia adentro o hacia afuera de manera muy sesgada, muy pobre», opina antes de continuar: «Choca la intención moral de una gente que no quiere traicionar a su patria, como se la acusa de un lado, pero tampoco quiere morirse de hambre y acceder al agua o la comida que le hace falta. Y es una realidad que se puede aplicar a los dos lados de las fronteras, donde apenas hay trabajo y los mercados populares en lugar de carne están llenos de cartílagos y huesos», relata.

Esa realidad, la de una zona tan saqueada y empobrecida que va más allá de quién esté en el poder, explica el director de «Un cielo tan turbio», se tradujo también en complicaciones a la hora de filmar, en Venezuela, Brasil o Colombia, las consecuencias de un bloqueo económico que ha crecido hasta convertirse en uno de los mayores flujos migratorios del mundo. «Continuamente había que explicar a los militares que queríamos contar algo más abstracto de lo que ellos estaban dispuestos a entender», remata el realizador, que ya ha encontrado distribución internacional y dentro de poco podrá anunciar la fecha de estreno en España.

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